No siento mis pies a través de la niebla. Todo me absorbe levemente mientras mis manos tiemblan por el frío. Sólo me dispongo a escribir, escribo aunque el mundo se acabe, con mi celular, ese pequeño artefacto que cree saberlo todo.
El ómnibus no pasa y sólo oigo al resto de los adolescentes bromear por el señor que, aunque esté viejo, se levanta a las 5 de la mañana a barrer la plaza. Siempre sacan alguna broma, -bastante gastada, por cierto-, para comentarle a otro chiquilín sobre ese señor, y al parecer, la estupidez gana, a lo que ríen todos.
No suelto un suspiro.
Guardo mi celular y me dispongo a saludar a dos amigos míos, trato de parecer estable. Me transformo en lo que ellos quieren. Hago un par de bromas y halago la chaqueta que usa uno de ellos, pero mi expresión sigue tornándose fría.
Saco mi celular otra vez y miro la hora: 6:52. El ómnibus debería haber pasado hace 10 minutos, y yo estaba ahí hace 20, por las dudas siempre llegaba temprano.
El frío se torna molesto y decido volver a mi casa. Cuando llego a mi fría habitación, escucho pasar el ómnibus, no me inmuto, está lleno de fantasmas, esos fantasmas que descubren que haré para cambiar mi mente y dejarme ir. Subo a mi cama y me dispongo a seguir soñando, hasta que mi madre me levante, y me haga un interrogatorio. Mi padrastro hable, como que yo fuera una idiota. Pero no me importa, porque sé que yo no soy la idiota.
Los padres siempre tienen una excusa para llamarte inútil e idiota. Pero sabes que es por tu bien.
Aunque, ¿qué es el bien?
No creo que a alguien le guste que lo llamen idiota.
De todos modos, me acostumbré.
Me hundo en un sueño profundo donde aparecen los monstruos más temidos. Me ahogo en una depresión, mientras me cavo mi propia fosa.